Un día, un primo lejano me comentó sobre su deseo de aprender a usar una computadora. En su escuela no había y no tenía ningún contacto con la tecnología. Yo no era, ni nunca he sido, buena con la informática. Pero pensé, yo tengo una computadora y sé cómo usarla, podría enseñárselo también. Así fue como dos adolescentes acordaron apartar su tarde de sábado para compartir este conocimiento. Roberto, mi primo,  era un tipo relajado, de esos que no se toman nada en serio; ni la escuela, ni la iglesia, ni la novia. Pero a mis clases nunca faltó. Llegaba todos los sábados puntualmente a mi casa en su bicicleta, acompañado algunas veces por su hermana, que dijo querer aprender también.

 


Enseñarles no fue una tarea fácil, pues la mayor parte del tiempo debíamos retomar la lección de la semana pasada porque ellos lo habían olvidado todo. El salón de clases era una esquina donde estaba un viejo mueble con una computadora desfasada y apenas cabían dos sillas. Cuando la prima extra llegaba, debíamos hacer un esfuerzo por caber cómodamente los tres. Mis primos escuchaban todo atentamente y hacían lo que yo les decía, pero era obvio que nunca repasaban lo que escribían en su cuaderno.

 


Después de ver los contenidos previstos, Roberto y yo hablábamos de muchas cosas. Llegamos a tener bastante confianza. Es extraño, porque éramos primos lejanos, de esos que sólo se ven durante los funerales de algún familiar en común.  Él me contaba de sus conquistas en la escuela, que al parecer eran su mayor motivación para ir. Yo siempre le preguntaba sobre su futuro. Él decía ser bueno para nada y no tener idea de su porvenir; citándolo textualmente: “de seguro mi futuro se irá al retrete”. Yo trataba, en vano, de encontrar su vocación. Nunca lo logré. Sin embargo, le aconsejaba que se pusiera metas a corto y mediano plazo, que los grandes logros llegan con cambios pequeños pero constantes.


Roberto nunca me dio las gracias por mis clases, aunque sabía que el sábado era mi único día libre, día que debía ocupar para estudiar y hacer mis tareas. En aquel tiempo yo cursaba bachillerato, pero llevaba simultáneamente un curso intensivo de inglés. Por eso salía de mi casa a las 6:00 AM y regresaba a las 6:00 PM y  los domingos debía pasar un buen porcentaje del día en la iglesia.


El curso duró varios meses, y tuvo pocos resultados. Por razones económicas, mi familia y yo nos mudamos de aquel lugar y no supe más de Roberto por varios años. Cuando escuché de él, fue por la noticia de que había terminado su bachillerato técnico, estaba trabajando en una compañía local y se pagaba clases de inglés. En un fin de año, logré hablar con él por algunos minutos. Debido a la distancia y, siendo primos lejanos, no teníamos muchos medios de comunicación. Me dijo: “Aunque no lo creas, me sirvieron las pláticas que teníamos, me gradué con buenas calificaciones y ahora que pago por mis clases de inglés, le pongo mucho más empeño”. Era su forma de darme las gracias. Su futuro no se había ido al retrete después de todo.

 

*Estudiante de quinto año de la Licenciatura en Lenguas Modernas, Facultad de Ciencias y Humanidades, Universidad de El Salvador.

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